El desafío de elegir los indicadores de seguridad alimentaria
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) define la seguridad alimentaria como una condición en la que todas las personas, en todo momento, tienen acceso físico, social y económico a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos que satisfacen sus necesidades para satisfacer sus necesidades nutricionales y llevar una vida activa y saludable.
La seguridad alimentaria se suele basar habitualmente en cuatro pilares: disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad.
Los evaluadores pueden recurrir a una amplia variedad de indicadores y enfoques de evaluación para examinar estas dimensiones. Entre ellos, la puntuación relativa al consumo de alimentos; la puntuación de diversidad alimentaria en el hogar; la diversidad alimentaria mínima en mujeres (MDD-W, por sus siglas en inglés); el enfoque consolidado para la notificación de indicadores de seguridad alimentaria (CARI); los indicadores antropométricos; el enfoque de conocimientos, actitudes y prácticas (CAP); la escala de experiencia de inseguridad alimentaria (FIES, por sus siglas en inglés); y la metodología de medición y análisis del índice de resiliencia (RIMA, por sus siglas en inglés).
Sin embargo, la disponibilidad de tantas herramientas puede fomentar un “efecto catálogo”, en virtud del cual los evaluadores seleccionan indicadores familiares o de uso generalizado, sin examinar primero los objetivos, las actividades y la teoría del cambio de la intervención. Esto puede dar lugar a un desajuste entre los resultados sobre los que se espera influya un proyecto y los cambios que la evaluación mide realmente.
Cuando los indicadores estándar no se ajustan adecuadamente a un proyecto
Los indicadores estándar pueden favorecer la coherencia y la comparabilidad, pero no por ello son adecuados para todas las intervenciones. Muchos proyectos de desarrollo identifican la seguridad alimentaria como un resultado previsto en sus teorías del cambio. Sin embargo, los documentos del proyecto no especifican siempre en qué pilares de la seguridad alimentaria se espera que influya la intervención, ni qué indicadores deben utilizarse en las diferentes etapas del seguimiento y la evaluación.
Cuando se carece de esta información, los evaluadores y los equipos del proyecto pueden recurrir por defecto a indicadores familiares o de uso habitual. Como consecuencia, es posible que estas elecciones no reflejen adecuadamente la naturaleza de las actividades llevadas a cabo, ni las vías a través de las cuales se espera que influyan en los resultados de seguridad alimentaria. Para seleccionar adecuadamente los indicadores, es preciso determinar si se espera que el proyecto influya en los pilares de la seguridad alimentaria:
· Disponibilidad: el suministro de cantidades suficientes de alimentos a través de la producción, las reservas y el comercio;
· Acceso: la capacidad física, social y económica de las personas para obtener alimentos, incluso mediante ingresos adecuados, infraestructuras y mercados que funcionen correctamente;
· Utilización: la capacidad de las personas para consumir y beneficiarse de una dieta nutricionalmente adecuada, respaldada por prácticas adecuadas de preparación y cuidado de los alimentos, agua potable, saneamiento y atención sanitaria;
· Estabilidad: la capacidad de mantener la disponibilidad, el acceso y la utilización a lo largo del tiempo, incluso frente a desastres naturales, crisis económicas, conflictos, variabilidad climática u otras perturbaciones.
Puede haber errores y desajustes cuando no se presta suficiente atención a la selección de indicadores durante el diseño del proyecto o la definición del alcance de la evaluación. Las limitaciones de tiempo, los requisitos de presentación de informes, la disponibilidad limitada de datos y la dependencia de herramientas conocidas pueden contribuir a lo anterior. Por tanto, intentar medir todas las dimensiones de la seguridad alimentaria con el mismo conjunto estándar de herramientas puede dar lugar a conclusiones incompletas o engañosas.
Consideremos un proyecto que pretende aumentar la disponibilidad de alimentos mediante el incremento del rendimiento de los cultivos alimentarios, así como mejorar el acceso económico a los alimentos por medio del aumento de los ingresos procedentes de los cultivos comerciales o la reducción del coste de los alimentos para los hogares participantes. En este contexto, los datos antropométricos y las encuestas sobre conocimientos, actitudes y prácticas no medirían —por sí solos— los cambios en la disponibilidad de alimentos o el acceso económico a estos de forma directa. De hecho, estas herramientas pueden ser más relevantes para vías relacionadas con la nutrición y la utilización de los alimentos, pero su idoneidad sigue dependiendo de los objetivos del proyecto y su teoría del cambio.
Del mismo modo, un proyecto de educación nutricional puede requerir la medición de conocimientos sobre nutrición, prácticas alimentarias, consumo de alimentos o diversidad alimentaria, según la vía de cambio prevista. Un proyecto diseñado para mejorar el acceso al agua potable debería utilizar medidas directas del acceso al agua, su calidad, su uso y los resultados sobre salud o nutrición. En ambos casos, los volúmenes de producción agrícola proporcionarían poca información para determinar si la intervención logró sus objetivos principales.
El coste del error: las consecuencias de elegir indicadores inadecuados
Un indicador inadecuado puede conducir a conclusiones erróneas sobre un proyecto, dando la sensación de que ha fracasado incluso cuando ha logrado resultados importantes. Cuando los indicadores están alineados con la teoría del cambio del proyecto y los resultados previstos, la evaluación tiene mayores posibilidades de identificar, medir e interpretar adecuadamente los cambios atribuibles a la intervención.
Pensemos, por ejemplo, en un proyecto diseñado para mejorar la alimentación y el estado nutricional de los niños. Si sus resultados se evalúan principalmente a partir de datos regionales sobre la disponibilidad de cereales, es probable que la evaluación no capte los cambios experimentados por los niños y los hogares participantes. Aunque la disponibilidad regional de alimentos puede proporcionar información valiosa sobre el contexto, no puede sustituir a los indicadores que reflejan directamente los resultados previstos del proyecto en materia de nutrición. Este tipo de errores pueden socavar la credibilidad de la evaluación, distorsionar la rendición de cuentas ante las partes interesadas y debilitar la toma de decisiones basada en las evidencias y los esfuerzos de promoción.
Elegir indicadores adecuados para la evaluación de la seguridad alimentaria
Un buen indicador no solo debe ser válido o estándar: también debe estar alineado con la teoría del cambio del proyecto y los resultados que la evaluación pretende valorar.
En los proyectos y programas de seguridad alimentaria, la selección de indicadores debe derivarse directamente de los resultados previstos del proyecto y la teoría del cambio. Esto garantiza que los indicadores reflejan los cambios esperados de la intervención.
La selección de indicadores debe comenzar al inicio de la fase de diseño de los proyectos de desarrollo, cuando se definen los resultados esperados y las diversas vías de cambio en materia de seguridad alimentaria. Identificar los indicadores adecuados en una fase temprana ayuda a garantizar que las evaluaciones midan los resultados que las intervenciones pretenden alcanzar y que se pueden atribuir razonablemente a estas.