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De la retrospectiva a la prospectiva: ¿puede la evaluación ayudarnos a prepararnos para el futuro?

Publicado el 16/06/2026 by Steven Lynn Lichty
From Hindsight to Foresight
Steven Lichty, PhD

La evaluación siempre ha destacado por su capacidad para mirar atrás. Nos ayuda a preguntarnos qué ocurrió, qué funcionó, qué no, quiénes son sus destinatarios, en qué condiciones y por qué. Se trata de preguntas fundamentales. Sin ellas, la labor en materia de desarrollo, ayuda humanitaria, medio ambiente y sistemas alimentarios se basaría únicamente en relatos, suposiciones y buenas intenciones, en lugar de datos contrastados.

Pero en un mundo caracterizado por la volatilidad climática, la inseguridad alimentaria, las perturbaciones ecológicas, los conflictos, la presión fiscal y el rápido cambio tecnológico, no basta con mirar atrás.

La pregunta central que surgió en la discusión de EvalforEarth no fue si la evaluación debería dejar de desempeñar su función en materia de rendición de cuentas o aprendizaje. Consistió más bien en debatir si la evaluación puede seguir siendo útil si se limita a explicar lo que ya ha ocurrido, una vez que las decisiones principales se han adoptado.

Para muchos participantes, la cuestión no es la capacidad de predicción de la evaluación, sino su relevancia. Las decisiones en materia de agricultura, seguridad alimentaria, resiliencia climática y gobernanza ambiental se toman en condiciones inestables, caracterizadas por crisis climáticas, cambios políticos, volatilidad de los mercados, cambios tecnológicos y adaptación social. La evaluación no puede seguir siendo útil si se limita a explicar lo ya sucedido, una vez que las decisiones ya se han materializado en políticas y prácticas. 

Para que la evaluación siga siendo relevante en estos contextos, debe ayudar a los responsables de la toma de decisiones a preguntarse no solo lo que se ha aprendido, sino también qué podría estar cambiando, qué hipótesis deben ser revisadas y qué opciones seguirán siendo plausibles en los diferentes escenarios futuros posibles. 

Los límites de la evaluación retrospectiva

Un ciclo de evaluación tradicional suele comenzar después de que un programa haya sido diseñado, financiado y ejecutado. Cuanto entran en acción los evaluadores, muchas de las hipótesis más importantes ya se han formulado. La teoría del cambio se ha aprobado. Los indicadores se han seleccionado. El presupuesto se ha asignado. La lógica de la intervención se ha convertido en el marco a través del cual se determinará si ha sido un éxito o un fracaso.

Esto puede generar evidencias útiles, pero también puede limitar la imaginación. La evaluación se convierte en un proceso para valorar si un programa cumplió su compromiso, en lugar de cuestionar si las hipótesis originales siguen teniendo sentido en un mundo cambiante.

En contextos relativamente estables, esto puede ser suficiente. Pero muchas intervenciones en materia de alimentación, agricultura y medio ambiente operan en condiciones que cambian constantemente. Un proyecto de agricultura climáticamente inteligente puede verse superado por la sequía, un conflicto o el colapso del mercado. Una intervención en los sistemas alimentarios puede verse afectada por cambios en los patrones comerciales, los precios de los insumos o el comportamiento de los consumidores. 

Un programa de conservación puede verse interrumpido por presiones sobre el uso de la tierra, cambios políticos o la desconfianza de la comunidad. Una iniciativa de resiliencia puede diseñarse en torno a riesgos obsoletos, mientras las vulnerabilidades futuras emergen.

En estas condiciones y, efectuando un símil con las partes de un coche, la evaluación no puede ser un mero espejo retrovisor. También necesita retrovisores laterales, faros y, en ocasiones, un GPS con rutas alternativas. 

La prospectiva no debe confundirse con la predicción

Una preocupación planteada en la discusión fue que la prospectiva puede parecer en ocasiones especulativa. O desconectada de la práctica de la evaluación basada en evidencias. Los evaluadores están capacitados para trabajar con estas, no con la imaginación. Y se espera que formulen afirmaciones creíbles, no que predigan el futuro.

Pero la prospectiva no consiste en predecir el futuro. Es una forma estructurada de explorar la incertidumbre, cuestionar hipótesis y ayudar a las personas a reflexionar más detenidamente sobre las decisiones que se toman hoy.

Esta distinción es importante. La evaluación pregunta qué se puede aprender de las evidencias. La prospectiva pregunta si ese aprendizaje sigue siendo válido en condiciones cambiantes. Cuando se combinan, se refuerzan mutuamente.

Una evaluación informada por el futuro no sustituye evidencias por especulaciones. Amplía las preguntas que está dispuesta a plantear. Se pregunta si los resultados obtenidos en el pasado son una guía fiable y relevante para el futuro. Comprueba si las recomendaciones seguirían teniendo sentido en condiciones futuras diferentes. Examina si las estrategias actuales son lo suficientemente flexibles como para responder a la incertidumbre. Plantea preguntas sobre qué riesgos, prioridades y conocimientos determinan cómo se asimilan y se planifican los cambios.

Para los evaluadores que trabajan en los ámbitos de la seguridad alimentaria, el desarrollo ambiental y la agricultura, esto no es un lujo. Es algo cada vez más fundamental para su labor.

De los hallazgos a la preparación para el futuro

La mayoría de las evaluaciones concluyen con recomendaciones. A menudo se plantean como mejoras en el diseño, la implementación, la coordinación, la eficiencia, la sostenibilidad o la ampliación de los programas. La utilidad de algunas de ellas es inmediata. Otras son técnicamente sólidas, pero al mismo tiempo frágiles, ya que asumen condiciones generalmente estables.

Un enfoque basado en la prospectiva plantea un conjunto diferente de preguntas sobre las recomendaciones. Algunos ejemplos:

  • ¿Seguiría teniendo sentido la recomendación si las crisis climáticas fueran más frecuentes?
  • ¿Se mantendría si se redujera la financiación pública?
  • ¿Seguiría siendo viable si las instituciones locales se enfrentaran a cambios políticos?
  • ¿Apoyaría a las comunidades en condiciones diferentes en materia de migración, medios de vida o acceso a los mercados?
  • ¿Reforzaría los desequilibrios de poder existentes o abriría espacio para futuros más inclusivos?
  • ¿Ayudaría al programa a adaptarse o simplemente mejoraría el modelo actual?

Estas preguntas no debilitan la evaluación. La hacen más útil. Transforman las recomendaciones: pasan de ser consejos estáticos a convertirse en opciones estratégicas. Ayudan a los responsables de la toma de decisiones a determinar qué medidas son urgentes, cuáles dependen de las condiciones, cuáles requieren seguimiento y cuáles podrían tener que descartarse si cambia el contexto.

Esto es especialmente importante en los sistemas alimentarios, en los que las intervenciones no suelen tener buenos resultados cuando se siguen vías lineales. El cambio depende de las relaciones entre agricultores, comunidades, mercados, sistemas de extensión, ecosistemas, gobiernos, actores privados, financiadores y consumidores. Los resultados de la evaluación que ignoran esta complejidad pueden ser técnicamente correctos, pero estratégicamente inútiles.

¿Qué aporta la prospectiva a la evaluación?

Un tema importante en la discusión fue la diferencia entre utilizar herramientas prospectivas y practicar la prospectiva de forma reflexiva.

Muchos equipos de evaluación pueden añadir un ejercicio de escenarios, un análisis de horizonte, una matriz de riesgos o un cuadro de tendencias. Estas herramientas pueden ser útiles. Pero la prospectiva no es solo un conjunto de herramientas. Es también una práctica profesional que requiere criterio sobre el momento, la profundidad, la participación, el poder y el propósito.

Por ejemplo, un ejercicio de escenarios superficial puede generar cuatro futuros genéricos que apenas contribuyen a cambiar la visión sobre el programa. Un proceso prospectivo más sólido cuestiona las hipótesis que más importan a los responsables de la toma de decisiones. Examina señales débiles que quizá no se reflejen aún en datos formales. Incorpora diferentes formas de conocimiento, incluidas perspectivas locales, indígenas, juveniles, comunitarias y de los agricultores. También ayuda a los participantes a sacar a la luz aquello que consideran inevitable, temen, esperan y  no están dispuestos aún a discutir.

Aquí es donde la prospectiva puede dar mayor profundidad a la evaluación. Ayuda a ir más allá de la “letanía” de problemas visibles para adentrarse en sistemas, cosmovisiones y narrativas que perfilan cómo se diseñan y juzgan los programas. En los sistemas alimentarios y ambientales, estas capas más profundas son relevantes. Un programa puede fracasar. No por una ejecución deficiente de sus actividades, sino por haberse basado en hipótesis obsoletas acerca de la tierra, el crecimiento, la resiliencia, los mercados, el género, la tecnología, la capacidad de acción de la comunidad o la relación entre los seres humanos y la naturaleza.

La evaluación puede identificar estas hipótesis de forma retrospectiva. La prospectiva puede ayudar a probarlas antes de que se conviertan en futuros fracasos. 

Cómo se traduce esto en la práctica

Incorporar la prospectiva a la evaluación no requiere convertir esta práctica en un ejercicio de futuro. Se puede empezar con cambios prácticos.

Las preguntas de evaluación pueden incluir la relevancia futura, no solo los resultados obtenidos en el pasado. Por ejemplo: 

  • Las teorías del cambio se pueden tratar como hipótesis dinámicas, en lugar de diagramas fijos. Los evaluadores pueden preguntarse qué hipótesis se han mantenido, cuáles se han debilitado y cuáles están surgiendo.
  • El análisis prospectivo puede incorporarse en las primeras fases del diseño de la evaluación para identificar tendencias, señales débiles e incertidumbres que puedan afectar a la relevancia futura del programa.
  • La planificación de escenarios puede utilizarse para contrastar los hallazgos y las recomendaciones con diferentes entornos operativos posibles.
  • El análisis causal por capas puede ayudar a los evaluadores a examinar no solo los resultados visibles y la dinámica del sistema, sino también las visiones del mundo y las narrativas más profundas que dan forma a la lógica de la intervención.
  • El túnel de viento puede ayudar a los responsables de la toma de decisiones a evaluar si las recomendaciones son sólidas, arriesgadas o dependientes del contexto en múltiples futuros plausibles.
  • Los métodos participativos de futurología pueden involucrar a comunidades, actores locales y grupos marginados en conversaciones sobre lo que significa para ellos la resiliencia, la sostenibilidad y la transformación.

Ninguno de estos enfoques sustituye a una evaluación rigurosa. Añaden otra capa de utilidad y perspectivas analíticas críticas. 

Un cambio en la cultura de la evaluación

El desafío más profundo es cultural. Muchos sistemas de evaluación siguen diseñándose en torno al cumplimiento, la presentación de informes y la rendición de cuentas retrospectiva. Están concebidos para evaluar lo que ha ocurrido una vez que las decisiones se han adoptado, no para ayudar a las instituciones a reflexionar sobre la incertidumbre mientras el cambio aún se está produciendo.

Esto genera una tensión real. Las organizaciones hacen referencia cada vez con mayor frecuencia a la resiliencia, la transformación, el cambio de sistemas y la gestión adaptativa, pero habitualmente encargan evaluaciones que llegan demasiado tarde, son muy limitadas o miran demasiado hacia atrás como para respaldar esos objetivos en la práctica.

Una cultura de evaluación orientada al futuro requeriría una comprensión más amplia del propósito de la evaluación. Valoraría el aprendizaje temprano junto con el juicio final. Crearía un espacio para la incertidumbre, en lugar de forzar una falsa confianza. Recompensaría la reflexión honesta sobre las hipótesis y tratarían los hallazgos negativos como inteligencia estratégica.

Implicaría a los actores locales no solo como fuentes de datos, sino como intérpretes del cambio y cocreadores de posibles escenarios futuros.

Esto es especialmente importante en la comunidad EvalforEarth, ya que la seguridad alimentaria, la agricultura y el desarrollo medioambiental son ámbitos orientados al futuro. Cada sistema de semillas, plan de cuenca hidrográfica, estrategia de adaptación climática, intervención nutricional, iniciativa de sistema alimentario circular o programa de biodiversidad conlleva hipótesis sobre el futuro. La evaluación debería hacer estas sean visibles y se puedan comprobar y revisar.

La próxima frontera: la evaluación como aprendizaje anticipatorio

La discusión sugiere que el futuro de la evaluación no consiste simplemente en acumular más datos, generar tableros de información más rápidos o producir mejores informes. Estos aspectos son importantes, pero no bastan por sí solos.

El cambio más profundo tiene que ver con cómo se utiliza la evaluación. En el mejor de los casos, la evaluación ayuda a las personas a aprender del pasado, dar sentido al presente y reflexionar con mayor detenimiento sobre lo que puede acontecer en el futuro. En un período marcado por la inestabilidad climática, la presión económica, el estrés ambiental y la incertidumbre institucional, ese papel cobra cada vez más importancia.

Esto no significa que todo evaluador deba convertirse en un futurólogo. Pero sí apunta a la necesidad de que los equipos de evaluación forjen nuevas alianzas, cuenten con habilidades de facilitación más amplias y trabajen con mayor comodidad en condiciones de incertidumbre. También implica que las instituciones que encargan las evaluaciones pueden solicitar algo más que una mera valoración retrospectiva. Las evaluaciones les pueden ayudar a reflexionar, adaptarse y actuar antes de que las condiciones cambien en exceso y alteren los planes previstos.

En el caso de los programas de seguridad alimentaria, medioambientales y de desarrollo agrícola, este cambio es especialmente urgente. Los sistemas que se evalúan están cambiando con mayor rapidez que numerosos ciclos de evaluación. La cuestión no es si el futuro afectará a la evaluación. Ya lo hace. La clave está en saber si la evaluación permite identificar los cambios con suficiente anticipación para actuar en consecuencia.